Por: Javier Concha Llorens

Durante Diciembre, salimos a nuestro viaje anual de pesca de lobinas a la mundialmente famosa presa, ¿El Salto?. Después de 4 días de excelente pesca, decidimos pasar el último como una aventura, visitando por primera vez para nosotros la presa de Comedero. Salimos así a las 4:30 AM y finalmente, casi 3 horas después, descubrimos entre la niebla el increíble paisaje de Comedero. Desafortunadamente, descubrimos también que sus aguas permanecían turbias y descoloridas, producto de lluvias torren ciales que habían ocurrido unas tres semanas atrás y que hicieron aumentar el nivel, ¡más de 10 metros!.

Un poco desanimados botamos la lancha al agua y salimos a pescar, o más bien a investigar la inmensa extensión de agua de esta presa, que comprende 50,000 acres y que hacía unos 14 años que no subía a su nivel actual. Con una foto de satélite en mano y un GPS, fuimos recorriendo diversos lugares, en busca de aguas más claras en algún recodo, hasta que encontramos una ba rranca por donde ingresa al embalse un afluente secundario. Ahí el agua estaba bastante limpia y muy profunda. Nos pusimos a pescar.

Al cabo de un rato mi hijo Javier capturó una lobina de unas 6 libras. Nada mal para ser la primera del día. La liberó y seguimos pescando por unas dos horas, sin pescar nada más, así que decidimos abandonar el lugar y seguir investigando. Era medio día y había que tomar una decisión, que fue atravesar toda la presa de extremo a extremo hasta la entrada del río principal que alimenta la presa, donde pensábamos encontrar agua limpia. Con desencanto vimos al llegar, que el agua por ahí estaba turbia, quizá peor y no obstante que nos adentramos mucho en el cañón del río, el agua no cambió. Aún así nos pusimos a pescar y pasamos un par de horas para sólo atrapar 3 pequeñas lobinas. Pensamos que era tiempo de ir a buscar suerte en otra parte. Eran las tres de la tarde y antes de arrancar el motor revisé el marcador de gasolina, que indicaba menos de medio tanque, habíamos recorrido muchos kilómetros y nos quedaban apenas unas dos horas y media de luz, en un paraje desconocido y desolado, donde apenas habíamos visto en todo el día dos pequeñas lanchas de pescadores locales. Había que tomar nuevamente una decisión, esta vez más difícil. Continuar investigando parecía poco oportuno ante la falta de tiempo y combustible, regresar e irnos sonaba prudente, pero parecía un mal final del día y de nuestro viaje. La última opción era regresar directos al recodo de agua limpia que visitamos por la mañana y pasar las dos horas que le quedaban a nuestro viaje pescando. Lo consulté con mis hijos que estuvieron de acuerdo y confiado arranqué nuestro Mercury Optimax.

De extremo a extremo atravesamos nuevamente el embalse y después de unos 30 minutos de travesía avistamos nuevamente el recodo de agua limpia y empezamos a pescar en el lugar en el que por la mañana, sacamos la lobina de 6 lbs. Al principio no pescamos nada, pero continuamos hacia el fondo del recodo, la belleza del lugar era impresionante y caía la tarde francamente. En eso, ya casi al fondo del recodo, donde el agua era todavía más limpia, mordió otra lobina. Javier de inmediato dijo ?¡Está grande!?, entonces la lobina saltó fuera del agua y Alejandro y yo nos quedamos boquiabiertos. La paz se rompió y mientras yo buscaba frenéticamente la red, Alejandro animaba a su hermano y le daba mil recomendaciones a la vez. Cuando finalmente se cansó y pude meterla en la red, todos suspiramos de alivio, pero las manos de Javier seguían temblando de emoción. Pesó 10 1/2 Lbs. Después de fotografiarla, la liberamos y yo pensé que era un buen final para el viaje, pero Alejandro dijo: hay tiempo para sacar otra?.. Y lo hubo, no sólo para él que mientras la tarde continuó cayendo atrapó la suya de 9 Lbs., sino hasta para mí, que pesqué una de 8 1/2. Hace más de cuarenta años que pesco Lobinas y nunca en una sola tarde, en apenas más de una hora, había experimentado una oportunidad como la de este día. Pero ahora emociones aparte, había que regresar. Estábamos muy lejos, con poca luz, con poco tiempo y con menos combustible de reserva del que yo hubiera deseado.?

Por última vez en este viaje, giré la llave de encendido de nuestro Mercury Optimax, quien como siempre encendió puntualmente e iniciamos el regreso; muchos kilómetros y solo veinte minutos después, todavía con un poquito de luz llegábamos a la rampa, bajo un cielo de color azul muy oscuro, donde ya brillaban bastantes estrellas. Recordé a mi padre, con quien disfruté muchos momentos de pesca maravillosos y me sentí, ahora en compañía mis propios hijos completamente feliz y satisfecho. Cuando una vez asegurada la lancha en el remolque giré la llave para apagar el motor, me dirigí a la parte trasera de la lancha y le di unas palmaditas al Optimax, diciendo para mis adentros ¡Gracias!, lo sentí tibio, quizá contento también.

Sirva esta historia como testimonio de que la tecnología de los motores Mercury Optimax, no sólo los hace más rápidos y confiables, sino que realmente reducen el consumo de combustible sustancialmente, permitiendo mayor rango de acción y por ende experiencias de pesca y convivencia extraordinarias, como las de este relato.

Nota: Posteriormente, ya de regreso en casa, verifiqué por curiosidad y descubrí que en el tanque habían quedado todavía 3 galones de combustible.